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Carta a una mujer

Te escribía para decirte que te amo, aunque todavía no nos conozcamos. Pero que espero hacerlo pronto. Sé que cuando nos veamos lo sabremos. Una mirada será suficiente. Sí, estoy seguro. Luego me acercaré a ti y nos daremos un beso. Un largo beso cargado con todo lo que no nos hemos dicho, con todo lo que no hemos hecho. Y luego otro con nuestros sueños y esperanzas. Y terminaré de entender esa frase de los poetas que dice que cuando el amor es verdadero no hay nada que agregar, ni nada que quitar. Porque serás perfecta tal como eres. Siempre ha sido así, aunque a veces pienses que no. Pero no te preocupes. Yo estaré ahí para recordártelo cada vez que lo olvides, o tengas dudas.

Por las mañanas cuando despierte, me quedaré mirándote, feliz de ser testigo privilegiado de cómo creces, te desarrollas, vives tu vida, la vida que siempre quisiste vivir, esa con la que soñabas antes de que nos encontráramos, y en la que espero poder ayudar, porque cuando buscamos esa vida, tropezamos y caemos cientos de veces, miles, y necesitamos una palabra, una mano que nos ayude a levantarnos, y esa palabra me gustaría que saliera de mi boca, y esa mano en la que te apoyes, la mía.

Después de mirarte me voy a acercar, lento, para no despertarte, y te voy a abrazar, para que sepas que cuando me necesites voy a estar ahí. Que no importa las distancias, ni el tiempo, ni inclusive, la muerte. Yo voy a estar. Te lo prometo. Y no soy de las personas que prometan mucho. De hecho, nunca lo hago. Pero cuando lo hago, siempre he cumplido.

Tendremos largas caminatas por la ciudad, y conversaciones aún más largas. Conversaciones sobre la alegría, el amor, los sueños, los ángeles, las estrellas. Sobre lo que hemos ido construyendo, sobre lo que vamos a construir. Y el tiempo no nos tocará. Jamás. Seremos jóvenes por siempre. Aunque la piel se nos llene de arrugas, se nos caiga el cabello, nos duelan las articulaciones, perdamos dientes. Porque juntos podemos conseguir lo que queramos, y eso incluye definir nuestras propias reglas. Sí, tú y yo, somos imparables... A que no lo sabías.

Estoy seguro de que nos vamos a reír mucho, que pasaremos todo el día con una sonrisa, haciendo muchas locuras juntos, porque las locuras quizá sean las únicas cosas cuerdas que hacen los seres humanos en un mundo que ya nadie entiende. Que llora, sangra, sufre, traiciona, que intenta matar el amor. El mismo que hace que el sol salga por las mañanas, los árboles crezcan y den frutos, el agua siga fluyendo por los ríos, y los planetas girando como trompos. Amor que le da sentido a cada acto, porque el fin último de cada uno de ellos, al final, es eso, la búsqueda del amor en alguna de sus formas. Piénsalo. Cuando nos veamos lo hablaremos.

Nuestros silencios no serán molestos o incómodos. Por el contrario, serán silencios acogedores y reconfortantes. Silencios felices. Tanto que podremos pasar horas sin tener la necesidad de decir una palabra. Limitándonos a disfrutar a esa persona que sabes que te quiere, pase lo que pase, cerca de ti. Que en mi caso eres tú. Siempre lo has sido.

¿Sabes? Me gusta imaginar que antes de nacer ya habíamos elegido, y que arriba, en el cielo, nos la pasábamos jugando como dos niños pequeños. Y que un día decidimos venir aquí. ¿Por qué? No lo sé. Supongo que la respuesta la encontraremos juntos. Quizá, por simple curiosidad, o porque decidimos jugar a las escondidas, y el encontrarnos es parte del juego que tenemos. Lo bueno es que volveremos juntos, estoy seguro. Porque si te vas, yo te sigo, te lo digo, y te digo también, que yo por lo menos, no quiero volver a jugar a las escondidas. No de nuevo. No contigo… Ya te he echado mucho de menos… Muchísimo.


Besos, Carlos.


Una vez que terminó de escribir, Carlos guardó la carta en un sobre blanco, que había comprado en la librería, en la planta baja de su edificio, y salió de su apartamento en dirección a la oficina de correos. En el camino, sonreía de la emoción al pensar lo que sucedería cuando la chica leyera la carta, y de lo contenta que se iba a poner. “Estoy seguro de que le va a gustar”, pensó.

La sonrisa de Carlos era tan espléndida, que las personas que pasaban a su lado se lo quedaban mirando, preguntándose qué le había sucedido. Porque la gente de su ciudad ya no estaba acostumbrada a sonreír. Y por ello el que sonreía mucho era mirado con extrañeza.

Al llegar, Carlos tuvo que hacer un gran esfuerzo para abrir la pesada puerta de madera de doble hoja. La oficina a esa hora estaba vacía, lo que era un alivio para él. Y es que los deseos por entregar la carta eran tan grandes, que la espera se hubiera convertido en una tortura. Rápido, se dirigió a la ventanilla donde un señor de unos cincuenta años, con un bigote ceniciento, leía el periódico.

—Hola, vengo a enviar una carta.

—¿Dentro o fuera del país?

Carlos lo miró pensativo.

—Mmm… Dentro, yo creo… Sí, dentro.

—Si es dentro, es medio euro.

—Vale –dijo, y de su bolsillo sacó un puñado de monedas de cinco céntimos que depositó sobre el mesón. Luego, una por una, las fue contando hasta completar el monto—. Aquí tiene.

El hombre las recibió.

—¿Eso es todo? –preguntó Carlos.

—Sí. Y la carta.

—Ah, sí, claro –dijo, y se la entregó—. Muchas gracias.

“Ya está. Ahora solo tengo que esperar”, pensó Carlos, y se dirigió a la salida.

—¡Eh, eh, niño, ven un momento! –gritó el señor.

Carlos, que ya estaba haciendo fuerza para poder abrir la puerta, se dio media vuelta.

—Dígame.

—Falta la dirección del destinatario.

—Sí –dijo Carlos, avergonzado, como si lo hubieran pillado robando—. No sé que poner. ¿Puede usted escribir una dirección?

El hombre lo miró extrañado.

—Pero yo no puedo hacer eso. No sé a quién quieres enviarle la carta…

—Usted solo escriba una dirección. Cualquiera.

—¿Estás seguro?

—Sí, no se preocupe. Si no es la correcta, la carta se las va a ingeniar para llegar adonde debe. Estoy seguro de ello.

—Lo que tú digas.

—Muchas gracias. Se lo agradezco.

—De qué.

—Que tenga un lindo día.

—Tú también.

Carlos se dirigió de nuevo a la salida.

—Eh, eh –lo llamó el señor.

—¿Sí?

—¿Qué edad tienes, chico?

—La próxima semana cumplo trece –contestó, orgulloso-. ¡El tiempo sí que pasa rápido!


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