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Montserrat Martorell, escritora chilena: "Leer es viajar, transportarte, transformarte"

En medio de la publicación de su tercera novela, Empezar a Olvidarte, hemos logrado entrevistar a la escritora chilena Montserrat Martorell, cuyas obras anteriores La última ceniza (2016), y Antes del después(2018), tuvieron una excelente acogida por parte de los lectores. Montserrat, quien además es periodista, tiene un Máster en Escritura Creativa y es candidata a Doctora en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Complutense de Madrid. También se dedica a la docencia en diferentes universidades, y realiza talleres literarios (cuento, escritura creativa, escritura de mujeres, entre otros). Si no has leído sus libros, te exhortamos a correr a una librería ahora, y conseguir tu ejemplar. Te aseguramos que después nos lo agradecerás, y de rodillas.






1. ¿Cuál es tu palabra favorita?


Me gustan las palabras. Siempre ha sido así. Pienso en “tierra”, “grieta”, “memoria”, “inefable”, “libélula”, “morriña”. Hace mucho tiempo, leyendo a Amélie Nothomb, descubrí “natsukashii”, palabra japonesa que significa “nostalgia feliz”. Me quedo con esa.


2. ¿Cuál es la palabra que menos te gusta?


No hay palabras feas, hay malas oraciones, malos fraseos, ritmos que no se conjugan de maneras adecuadas. Siempre puedes salvar una palabra.


3. ¿Qué es lo que más te causa placer?


Una conversación, un paseo, una canción, un vino, un libro, encuentros con la gente que quiero. Me gusta mucho recibir a mis amigos, a mi familia, en casa.


4. ¿Qué es lo que te desagrada?


La envidia, la deslealtad, la amargura. Son pecados que no he conocido.


5. ¿Cuál es el sonido o ruido que más placer te produce?


El que hacen los pájaros de la casa de mis padres, el mar, la voz de Pablo -mi pololo-, una guitarra envejecida, el fuego.


6. ¿Cuál es el sonido o ruido que te aborrece escuchar?


Las bocinas de los autos. Los multaría a todos.


7. ¿Cuál es tu grosería favorita?


Soy malísima para los garabatos, pero viví muchos años en España, así que me quedo con: ¡Joder, macho! Boludo también me parece una descripción interesante.


8. Aparte de tu profesión, ¿qué otra profesión te hubiese gustado ejercer?


Psicóloga y abogada. Son carreras que me gustaría estudiar más adelante.


9. ¿Qué profesión nunca ejercerías?


Ingeniería comercial.


10. Si el Cielo existiera y te encontraras a Dios en la puerta. ¿Qué te gustaría que Dios te dijera al llegar?


Acá está tu hermano, acá están tus abuelos.


11. Si tuvieras que elegir entre solo leer, o solo escribir, ¿cuál erigirías?


Creo que nunca podría dejar de leer.


12. Cuando decides que es el momento de poner una historia en el papel. Y por qué esa historia y no otra.


Cuando me obsesiono con ella. En los inicios puede ser una frase, una historia que escuché, un ruido. Si sigue ahí, dando vuelta, es porque definitivamente merece la pena ser contada.



13. Al momento de escribir una obra, ¿cuál es tu método de trabajo?


Los procesos de mis cuatro novelas han sido muy distintos. Al principio tenía mucha voracidad, voracidad de escribir. Podía pasarme ocho horas escribiendo y dormirme a las cinco de la mañana. Los años no vienen solos. Van calmando el corazón. Intento escribir siempre, todos los días, pero no tengo miedo a dejar reposar las historias.


14. ¿Alguna manía?


Me comí las uñas durante muchos años. Dejé hacerlo hace casi 15. ¡Le tengo manía a la acelga!


15. Cuántas horas lees al día.


Cada día es distinto. Hago clases de lunes a sábado, así que mis horarios son extraños. Siempre tengo una que otra ventana que me permiten la escritura y la lectura. Me dejo cada semestre un día a la semana para dedicárselo a la escritura. Leo mucho. No me llevo bien con los números, sí con las fechas.


16. Cuántas horas escribes al día.


Lo mismo de arriba. No cuantifico. Me entrego. Es una relación bien avenida.


17. ¿Formato físico o digital?


Ambos. He leído en el celular libros como “Lo bello y lo triste” de Kawabata o “Después del invierno” de Guadalupe Nettel. De todas maneras, siempre prefiero estar acompañada por mis libros. Mi biblioteca es el lugar donde más me gusta estar.


18. Cuál es la primera novela que te conmovió.


Empecé a leer muy chica, a los cinco años. La primera vez que lloré con un libro fue con “El Principito”. Era 1993. Lo leí sola, entero. Me conmovió. Después me pasó con “Mi planta de Naranja Lima”, “El niño que enloqueció de amor” y “La tregua” de Benedetti. Esa fue también mi infancia. Después vinieron Vallejo, Storni, Machado, Plath, Hernández.


19. Si tuvieras que elegir uno, de tus tres libros escritos, con cuál te quedarías.


Los quiero a los tres. He crecido con ellos.


20. ¿Cuál es tu escritor favorito?


Tengo muchos autores que me volaron la cabeza: Gustave Flaubert, Virginia Woolf, Stendhal, Balzac, Gabriela Mistral, Emily Dickinson, Alejandra Pizarnik. La lista es eterna.


21. A qué escritor te hubiera gustado conocer.


A Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, María Luisa Bombal y Simone de Beauvoir. Podría seguir infinitamente.


22. ¿Qué estás leyendo ahora? ¿Lees solo literatura?


Leo muchísimos cuentos, novelas, ensayos y poesía. Ahora mismo estoy con varios libros al mismo tiempo -me gusta pasar de uno a otro y mi trabajo, además, me lo permite-. “Memorias de Adriano” de Marguerite Yourcenar fue lo último que leí antes de esta entrevista.


23. ¿Qué le dirías a alguien que no tiene el hábito de la lectura?


Lo que le digo a mis estudiantes. Que le den tiempo. 20 minutos antes de acostarse es un buen inicio.

24. ¿Crees que literatura es sinónimo de viajes?


La literatura te permite eso. Conocer otros mundos, intercambiar roles, cuerpos, máscaras. Leer es viajar, transportarte, transformarte. Vivir es ser otro, decía Pessoa, y yo creo que tiene razón.


25. ¿Crees que el escritor es talento, o disciplina y trabajo?


Talento y muchísima disciplina. Los libros no se escriben solos.


26. ¿Los libros desaparecerán algún día?


No mientras las personas quieran seguir contando historias en voz alta y en voz baja.


27. ¿Cuál es tu diagnostico de la literatura Hispanoamericana?


Creo que pasa por un momento interesante, donde las mujeres estamos escribiendo y reescribiendo nuestra historia, donde las editoriales independientes hacen un aporte total a la cultura de nuestros países y donde las personas, comunes y corrientes, buscan espacios para seguir acercándose a los libros clásicos y modernos.


28. Le podrías contar a nuestros lectores de qué trata tu nueva novela Empezar a olvidarte, y cómo fue el proceso de escritura.


Es una novela que habla sobre el término de una relación y todo lo que eso conlleva. Es una historia del perdón, de las cosas que no le contamos a nadie, de nuestros secretos, de las vidas que se cruzan. Fue un proceso de muchísima intensidad y experimentación. Es una historia que se abre de la prosa al verso y del verso a la muerte.


29. Qué crees que les ocurrirá a tus lectores mientras lean la novela, y después al finalizarla.


Yo solo espero que se dejen arrastrar por la historia, por sus emociones, por sus caídas, por sus quiebres y redenciones.


30. Qué te han comentado las personas que la han leído.


Que les ha gustado mucho, que los ha inundado una tristeza profunda, que se han conmovido.


31. Nos regalas un trozo de tu novela.


Esta es una historia sobre la muerte. Y no sobre cualquier muerto. Es sobre nuestra muerte. La tuya. La que te va a tocar a ti. La que no conoces. La que no conoces todavía. La que van a decir los otros cuando pregunten: ¿qué pasó con él? La que va a tener la culpa de sacarte del mundo con unos determinados años, con un determinado peso, con un determinado oficio, con un determinado estado civil. Con arrugas y sin arrugas, con hijos o sin hijos, con ganas o pocas ganas de estar acá, de estar aquí.


Tenía treinta y siete años el día que me morí. No me importaba la muerte. No era un tema, menos una energía que pisara mi sombra. Quizás, como para todos, significaba una promesa rota, el anhelo, la luna morada, la casa en el árbol. Si me preguntaron alguna vez si iba a tener una vida corta o larga, no me preocupé. Tenía un abuelo que había muerto con 62. Otro que tenía 96. ¿Acaso puedo sacar una estadística de cuánto voy a vivir a partir de las edades de los otros? Durante casi cuatro décadas conocí gente que fue desapareciendo. Vivir implica eso: despedirse. Amigos que se mueren de cáncer, amigos que son atropellados, amigos que tuvieron accidentes adentro de una micro, de un auto, de un helicóptero. Amigos que sufrieron enfermedades raras, ataques al corazón, suicidios que nadie vio venir porque ni siquiera el que lo hace tiene una idea muy establecida de cuándo es un buen momento para hacerlo. Probablemente no lo haya. Y eso es lo curioso. Puede ser cualquier día de tu vida. También está esa gente a la que le perdiste la pista y después de un tiempo te enteraste de que ya no existen y sin embargo nunca se terminan de ir del todo; su ausencia solo las reviste de una fuerza que no tenían cuando te las podías encontrar en la calle. Qué decir de los vivos que parece que están muertos. Esa extraña gente o especie que no figura en redes sociales. Que pones su nombre en el buscador de Google y no logras dar con nada. Veinte años sin saber de ella, de él. Desconoces si tuvo hijos, si se casó, si fue feliz, pero de repente lo ves de lejos, quizás en un vagón de metro, y en vez de acercarte a preguntarle aquellas cosas que no tienes cómo saber, aceleras el paso en dirección contraria. No lo vas a volver a ver nunca. Y lo sabes, pero no te da pena, tampoco te importa demasiado. Si hay un espacio de verdad en todas estas cosas es que nuestros afectos están cada vez más inmóviles, cada vez más individualizados, cada vez más truncados por el contacto parsimonioso que tiene la tecnología sobre nuestros rastros. Sin embargo, esos encuentros insinceros y poco elaborados, que no alcanzan a configurar ninguna tela de realidad, nacen también de las preguntas horizontales, esas que te haces cuando estás acostado, sobre tu cama, debajo de las sábanas, solo o acompañado. Yo vengo de esas preguntas. Y las repaso. Y las muerdo. Y las aglutino, lentamente, cerca de mi garganta.


¿Cuántas cosas dejamos pasar durante una vida relativamente larga? ¿Cuántas caras? ¿Rostros? ¿Señales de idas y vueltas? ¿Despedidas? ¿Cuántas cosas terminan por ordenarse en nuestra cabeza como un llanto sereno y anunciante que tiene el nombre de una palabra que desconocemos, que trizamos, que rompemos? ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que dejemos ir a una persona? ¿Para conocerla? ¿Para enamorarse? ¿Y el olvido? ¿Queda en algún lugar? ¿A dónde van todas esas cosas?


El mar debería estar en alguna parte. El mar debería estar entre tus partes.





Si vives en Chile, puedes encontrar la novela en las siguientes librerías: Qué Leo Forestal, Catalonia de Las Urbinas, Ulises de Lastarria y Antártica.


Y si lees en formato digital: https://www.amazon.com/-/es/Montserrat-Martorell-ebook/dp/B07QM9C5HS


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