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Una historia

Actualizado: 17 sept 2021


 

Cuando es niño sus padres, profesores, “los adultos”, le dicen que sueñe, que nada es imposible, que él puede hacer lo que quiera. Convertirse en un súper héroe, astronauta, jugador de fútbol, actor, cantante. Que si se esfuerza y trabaja lo suficiente, al final, lo conseguirá. Alimentan sus sueños con bellas historias de reyes, aventureros, sabios. Le dicen que hay que ser honorable, honrado, leal. Que los buenos al final siempre ganan. El niño crece, feliz, porque el mundo en el que vive se le presenta como un gran lienzo en blanco que tiene que pintar según sus deseos y gustos. Y espera con ansias el día en que sea mayor y pueda llevar a cabo todas las cosas que ya imagina en su cabeza.


Cerca de los catorce, quince años, sus padres, profesores, “los adultos”, cambian el discurso. Le dicen al niño que en realidad muy pocos cumplen sus sueños, que es muy difícil, sino imposible, convertirse en un súper héroe, astronauta, jugador de fútbol, actor o cantante. Que no importa cuánto se esfuerza o trabaje, no lo va a conseguir. Le dicen que las bellas historias de reyes, aventureros y sabios son solo eso, simples historias. Que los buenos no siempre ganan. Y que ser honorable, honrado y leal, no es un buen negocio, porque si se actúa así se sale perjudicado y los demás se aprovechan de uno. Entonces el gran lienzo disminuye de tamaño y el niño, que ya no es tan niño, sino más bien, diremos, adolescente, se revela. Por eso el enojo, la agresividad, la antipatía, el no seguir las ordenes de los mayores, si al final, ellos no han hecho más que mentirle.


El ahora adolescente sigue creciendo. Todavía sigue soñando, y quiere vivir sus sueños, pero ve que cada vez es más difícil. Termina el colegio, y decide entrar a estudiar en la universidad. No sabe bien qué hacer con su vida, o más bien lo sabe, pero tiene miedo de dar el paso. Aconsejado por sus padres, profesores, “los adultos”, que le dicen que debe asegurar su futuro, entra a estudiar una carrera que no le gusta, que no le genera ni una pizca de entusiasmo. En las noches, después de clases, antes de quedarse dormido, piensa en todas las cosas que quiere hacer pero que no ha hecho. Piensa en su sueños que cada vez se ven más lejanos. Y se dice a sí mismo que cuando termine su carrera va hacer todo lo que ha postergado.


Después de cinco años, por fin, termina. Está contento porque ya con el título bajo el brazo puede hacer lo que quiera. Pero entonces, de nuevo, sus padres, profesores, “los adultos”, le dicen que piense en su futuro, que lo mejor que puede hacer es entrar a trabajar en una empresa respetable y hacer carrera. Una vez más les hace caso. Busca durante meses, porque la situación económica del país no es buena, y consigue un empleo, digámoslo, y perdonen la palabra, de mierda. Esto quiere decir, horario largo y mal pagado. Pero se siente afortunado porque muchos de sus compañeros todavía siguen buscando, y él por lo menos ya tiene uno.


El tiempo pasa. Ahora el adolecente ya es un adulto. Se ha ido de la casa de sus padres, se ha casado, su esposa espera a su primer hijo, vive en un apartamento en el centro que ha comprado con un crédito que va a terminar de pagar cuando tenga sesenta años (si todo va bien y no lo despiden), tiene un coche (que también ha comprado a crédito), pero, y le aterra pensar esto, no es feliz. Los fines de semana que se reúne con sus amigos, que han seguido su mismo camino, cree ver en sus ojos la misma aflicción que él ve en los suyos cuando se mira al espejo. Y se pregunta si no será un mal agradecido. Si al final tiene todo lo que le han dicho por años que lo hará feliz.


Un domingo, frente al televisor, y no es la primera vez que le pasa, ve la historia de una persona de su edad, que vive haciendo lo que ama, que consiguió cumplir sus sueños de niñez, vivir sus propias aventuras, y siente envidia y rabia. “Por qué él y no yo”, piensa. Y de inmediato se contesta: “Porque nunca lo he intentado”. Cambia el canal, y pone un partido de fútbol, esperando distraerse y no seguir indagando en algo que sólo le va a causar recriminaciones.


Algunos días en el trabajo se pregunta qué está haciendo ahí, cuándo fue que perdió el control de su vida, por qué insiste en hacer algo que nunca le ha satisfecho. Pero luego ve a su alrededor a sus colegas y se convence que nadie, salvo unos pocos con suerte, hacen lo que realmente quieren. Se tranquiliza. Después, de regreso a su apartamento, sabe que la tranquilidad que ha sentido es tan falsa como los discursos de los políticos. Se acuerda de ese lienzo en blanco que iba a pintar, y se da cuenta que ha disminuido de nuevo de tamaño a lo largo de los años, y que ya debe caber en la palma de su mano. Le da cierta esperanza saber que aún así, todavía puede pintar sobre él. Y entonces decide hacer algo al respecto.


Su hijo crece, le dice que sueñe, que nada es imposible, que él puede hacer lo que quiera. Convertirse en súper héroe, astronauta, jugador de fútbol, actor, cantante. Que si se esfuerza y trabaja lo suficiente, al final, lo conseguirá. Alimenta sus sueños con bellas historias de reyes, aventureros, sabios. Le dice que hay que ser honorable, honrado, leal. Que los buenos al final siempre ganan y, aquí agrega algo que ha aprendido, que hay que ser valiente. Que si no lo hubiera sido, nunca habría abandonado su trabajo, realizado el curso de chef, y montado su propio restaurante. El restaurante que hoy es el más exitoso de la ciudad. Nunca hubieran podido viajar por el mundo y vivir tantas aventuras juntos. Nunca hubiera podido recuperar el brillo en sus ojos y pintar, en el lienzo en blanco, bellas formas de cientos de colores que pretende dejarle para que lo acompañe cuando él ya no esté, y que le recordará todo lo que hicieron, hablaron. Todo lo que se quisieron.





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